A Antonio Azuela Rivera le gustaba decir que cuando nació, el 26 de julio de 1918, se libraba la batalla del Marne, es decir, que todavía no terminaba la primera guerra mundial.


Pero lo cierto es que había nacido al otro lado del mundo, en Santiago Tlatelolco, donde su madre, Carmen, había estado esperando que su padre, Mariano, volviese de la aventur revolucionaria para ejercer la medicina y la novela.
Creció en una familia donde coexistían católicos y librepensadores. Vivió de cerca, escuchando ambos bandos, la guerra cristera, el asesinato de Obregón, la lucha por la autonomía universitaria... En su juventud renegó de la “demagogia agraria” pero cooperó con entusiasmo para pagar la indemnización a las compañías petroleras nacionalizadas por Lázaro Cárdenas.
Trabajó desde los 14 años, “para ganarse el derecho a tener llaves de la casa” mientras seguía estudiando. A los 20 se inscribió en la Escuela de Comercio de la UNAM, y, cuando entró a trabajar al cine Alameda como auxiliar de contabilidad, no se imaginó que ese sería el inicio de una larga carrera profesional. Poco después, el dueño -¿o quizás arrendatario?- del cine, Emilio Azcárraga Vidaurreta, adquiría la XEW, así que Antonio participó en esa aventura; y en la siguiente, que fue Telesistema Mexicano desde principios de los años cincuenta; y en la siguiente, que fue Televisa, desde los setenta.

Muchas cosas, sin embargo, lo alejaban del arquetipo del ejecutivo exitoso de esa época. Además del amor a la buena música y a la buena lectura, tenía una pasión por la región de Los Tuxtlas, que había conocido desde 1943 con sus “amigos relajientos”. Además de disfrutar el contacto con una sociedad muy distinta a la de la capital, ahí descubrió la selva tropical. La casa que construyó en 1970 en un “solar urbano” del Ejido de Tebanca, a la orilla del Lago de Catemaco, fue al principio solo un lugar para veranear. Pero su atracción por la región fue tan grande, que en 1982 inició su jubilación para dedicarse a proyectos en favor de la comunidad, con el apoyo de su esposa, Alicia de la Cueva. Primero una escuela de carpintería para ofrecer alternativas de trabajo digno a los jóvenes del ejido que no podían aspirar a heredar la parcela familiar; luego la biblioteca pública, que logró inaugurar en 1985.
Siempre tuvo presente Antonio Azuela el tema de la reforestación, porque era imposible no ver el aterrador espectáculo del desmonte de la selva, sobre todo en los años setenta. Ya en 1982, en una solicitud de apoyo para la escuela de Tebanca a la Fundación Miguel Alemán, incluyó la idea de formar un vivero. Pero fue en 1995, después de una sequía que resultaba increíble en una región tan húmeda, cuando comenzó a trabajar sistemáticamente en la reforestación. Compró entonces una parcela ejidal donde sembró cuanto podía, y algunos campesinos con los que tenía contactos comenzaron a llevarle puñados de semillas de árboles de la región: estas de ojoche, estas otras de apompo, de Macaya.... La colección de especies creció en desorden hasta que fue “descubierta” en 2002 por Valentina Carrasco, una bióloga que se presentó en el vivero para hacer su tesis de la maestría en Restauración Ecológica, creada pocos años antes en la UNAM por José Sarukhán; fue ella quien puso orden en el proyecto, identificando las condiciones y los requerimientos de cada especie.

En 2003 formalizó la Asociación Civil Vivero de Tebanca y, con la experiencia de los años anteriores, emprendió acciones más ambiciosas de reforestación. El obstáculo más importante ahora era la tierra. Aunque para entonces ya se había declarado la Reserva de la Biósfera de Los Tuxtlas, toda la tierra tenía dueños (individuos o ejidos) los que no encontraban incentivos para volver a sembrar árboles en sus potreros. Después de múltiples intentos, dos líneas de trabajo comienzan a dar frutos: los arboretos y el rescate de manantiales. Los primeros son colecciones de árboles en predios cuyos dueños encuentran interesante la recuperación de especies como parte de un horizonte de muy variadas posibilidades, que van desde proyectos de ecoturismo hasta los cultivos de especies que requieren sombra, como el café o las plantas de ornato.




Ejido de Tebanca, Catemaco, Ver. México.
Vivero de Tebanca A.C.